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El arte inolvidable de Bibi Ferreira
Esta leyenda viviente de la escena brasileña deslumbró con su vigencia
La Nacion - Martes 20 de abril de 2010 | Publicado en edición impresa
La cantante se atrevió con varios tangos y terminó dando cátedra en Buenos Aires Foto: Hernán Zenteno
Leyenda viviente de la
escena brasileña, en la
que ha brillado por
setenta años, hija de
una gloria del teatro
como Procópio Ferreira y
artista ella misma de
múltiples talentos e
inagotable vitalidad,
Bibi Ferreira ha
regresado, por fin, a
Buenos Aires. La excusa
era, quizás, el tango,
al que dedicó no hace
mucho un álbum (grabado
en Río, con el aporte
argentino del maestro
Ignacio Varchausky en
los arreglos), pero el
programa abarcó mucho
más, hasta conformar una
suerte de síntesis de su
trayectoria y ofrendar a
un público que colmó dos
veces el teatro
Margarita Xirgu y
terminó ovacionándola de
pie, una generosa
muestra de su arte y de
su sabiduría.
Sólo una estrella de su calibre podía lanzarse a visitar territorios musicales tan heterogéneos como los que ha cultivado en su extensísima carrera, sin correr el riesgo del pastiche ni malograr la coherencia del programa. Lo que propuso fue como un esbozo de autorretrato artístico, un viaje encantador, inteligentemente planeado y fuertemente emotivo, para detenerse un poco en cada uno de los puertos que marcaron su travesía: del eterno "Samba de uma nota só" (ahora con versos tomados del "Canto do exilio", del poeta romántico Gonçalves Dias) a la trágica Medea que Chico Buarque trasladó a un suburbio carioca en Gota d?água; de Jobim y el dramático samba-canción de Maysa o Dolores Durán al fado portugués y la evocación cariñosa de Amália Rodrigues; de los clásicos de Piaf (a quien interpretó en otra de las cumbres de su carrera teatral) al tango, que en nada le es ajeno, porque lo conoció de chica, como conoció nuestra lengua y nuestro acento (aun antes del portugués) cuando vivió en Buenos Aires. De ahí que se considere esta visita como un demorado regreso a nuestros escenarios: conviene apuntar que en 1925 un cronista de La Nacion destacó la gracia y la seguridad de la precoz artista de apenas 3 años al verla cantar y bailar entre las coristas de la compañía de Eulogio Velasco, que integraban sus padres. Siempre igualHan pasado décadas, es cierto, pero la seguridad y la gracia son las de siempre. Como la voz ?musical, potente, entera? que se hace flexible cuando lo exige la frescura del samba, intensa en los registros graves que pide el fado, dramática en los temas de Piaf, siempre utilizada como vehículo de emoción. Fue puro placer seguirla en el arriesgado recorrido musical que propuso y que tuvo, claro, muchos momentos memorables. Entre ellos, "Basta um dia", "Chão de estrelas" y "Demais", en el tramo brasileño, en el que la secundó el quinteto dirigido por Flávio Mendes, y más tarde "Ai, mouraria" y "Lisboa antiga", cuando le puso marco la autorizada guitarra portuguesa de Carlos Gonçalves, que fue durante treinta años acompañante de Amália Rodrigues. En los tres títulos ineludibles del repertorio de Piaf ?"La vie en rose", "Je ne regrette rien", L?hymne a l?amour"? se hizo aún más perceptible su vigoroso temperamento de actriz, aunque, en realidad, su admirable oficio dominó la escena desde el principio. Y todo el capítulo final, a puro tango, bien merece un párrafo aparte. Porque esta vez que un visitante extranjero se atreviera con algún título de la música ciudadana no fue una gentileza ni una zalamería para ganar aplausos. Al contrario: la dama de envidiable lozanía (se aprecia en su garganta tanto como en su humor y en su ánimo de renovación) entró en tema por el lado más difícil: resolviendo con autoridad las exigencias de "Yo soy el tango", de Domingo Federico y Homero Expósito, sobre el piano de Diego Schissi. Y en seguida, con la entrada en escena de la estupenda orquesta El Arranque, dio comienzo a lo mejor. Bibi empezó pidiendo perdón por atreverse al tango y casi podría decirse que terminó dando cátedra. Su fraseo admirable descarta todos los vicios del género, las exageraciones histriónicas, los estereotipos, las poses enfáticas. Es pura expresión Así, supo transmitir toda la emoción que hay en los versos y las melodías de "Milonga triste", "Cuesta abajo", "De barro" o "Esta noche me emborracho", entre otras versiones inolvidables. La ovación fue sincera y prolongada. Tanto que tuvo que repetir, con todos los músicos en escena, su despedida tropicalista y milonguera ("Aquele abraço", de Gilberto Gil), y prometer un pronto regreso. Fue un lujo tenerla aquí. Fernando López
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